Las ciudades de México, Veracruz y Puebla duplican su área urbana cada 20 años

15 de Enero de 2018

Las ciudades de México, Veracruz y Puebla duplican su área urbana cada 20 años



* Las políticas de planificación metropolitana no han funcionado, reveló el trabajo

* Sergio Padilla obtuvo el Premio a la Investigación por su estudio sobre formación de metrópolis

Las ciudades de México, Veracruz y Puebla duplican su superficie cada 20 años, de acuerdo con un análisis comparativo de los procesos de formación y consolidación urbana desarrollado por el doctor Sergio Padilla Galicia, investigador del Departamento de Evaluación del Diseño en el Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Entre 1970 y 2010 –periodo de estudio– el territorio de la capital del país aumentó en 3.57 veces; 6.9 el de Puebla y 4.33 el de Veracruz, lo que significó incrementos de cada área urbana de 72, 86 y 77 por ciento, en ese orden, aseveró el profesor de la Unidad Azcapotzalco.

El autor de Metrópolis México formación-consolidación –ganador del Premio a la Investigación 2017 que otorga esta institución– advierte que tales cifras muestran una dinámica “que plantea un mecanismo de transformación del suelo rural o natural a urbano, con enormes requerimientos de satisfactores”.

Este fenómeno es expresado con rasgos de metropolización, que implica la constitución de aglomeraciones más allá de la urbe tradicional, compacta y autocontenida funcionalmente, así como de suburbanización, caracterizada por grandes extensiones de tierra en la periferia a manera de poblamiento formal e informal y de “rururbanización”, originada por la difusión de la vida citadina sobre el medio rural, sobre todo en los casos de México y Puebla.

La expansión hacia el perímetro muestra cómo la superficie urbana supera los límites administrativos y políticos de los municipios que al inicio los contenían, constituyendo zonas conurbadas, precisó el especialista en ordenación del territorio por la Universidad Politécnica de Madrid, España.

Una particularidad de la integración metropolitana –sobre todo entre 1990 y 2010– ha sido el modelo disperso y fragmentado, es decir, que el crecimiento y la estructura quedan diseminados en áreas vastas de fracciones múltiples que representan una proporción significativa en su conjunto.

Otro rasgo de esta ampliación es la nula correspondencia con la dinámica demográfica, debido a que la densidad de “la población total en los espacios conurbado y urbano disminuyó en el periodo de análisis de 105 a 65 habitantes por hectárea”, una caída derivada del crecimiento hacia los alrededores, donde se localiza la mayoría de fraccionamientos y colonias populares de asentamientos informales.

Este trabajo permitió identificar el aumento incontrolado hacia los suburbios, con progresión aparente de brazos de extensión en ejes direccionales integrados por carreteras de acceso; el desarrollo expansivo y discontinuo generador de huecos o vacíos humanos; las condiciones geográficas que moldean y determinan la morfología de las metrópolis, pero sin ser factor de contención; la incorporación de amplias franjas agrícolas y naturales, y la depredación de recursos naturales.

La gran dispersión de esas capitales a un ritmo mayor al de la progresión poblacional se ha mantenido durante toda la etapa examinada bajo un modelo ilimitado de uso del suelo que es resultado de las fuerzas y los actores del sistema económico, social y político de México en momentos y circunstancias específicas diferentes.

No obstante el rápido ascenso demográfico experimentado por las metrópolis referidas, el avance urbano ha sido mayor en virtud de que las modalidades adoptadas surgieron de la acción de quienes intervienen en el proceso de producción del espacio citadino –formal o informal– determinado por intereses particulares, ganancias económicas y capacidad de conciliación con el poder político, que permite la acción tolerante y permisiva de las autoridades en un contexto de aplicación discrecional de las normas vigentes y la corrupción.

El maestro y doctor por la Universidad Nacional Autónoma de México añadió que desde su preparación académica y apoyándose en los aspectos teóricos y metodológicos de la geografía enmarcó este proyecto, con el fin de mostrar los mecanismos de evolución y transición de una metrópoli pequeña y compacta a un gran sitio con características morfológicas y funcionales propias.

No todas han seguido el mismo camino: algunas se quedaron en un punto o empezaron rezagadas respecto de otras “y eso es lo que me interesaba comparar en este periodo de 40 años”, por ejemplo, la Ciudad de México comenzó a extenderse en 1940 y ahora, “más que una metrópoli es una región e incluso se denomina megalópolis”, mientras que Puebla y Veracruz no poseen y quizá no lleguen a tener esas particularidades.

Un aspecto interesante de este cotejo fue que, si bien en general se piensa –sobre todo desde las ciencias sociales– que son casos singulares que no pueden contrastarse entre sí porque obedecen a realidades socioeconómicas e históricas distintas, al ser observadas “como un organismo y abstrayendo el tema de la escala, las etapas de crecimiento, expansión y demográficas no son tan diferentes”.

Los ritmos y los modos de extensión de las ciudades –“como una mancha de aceite”– son similares, así como en términos morfológicos, ya que crecen hacia la periferia y los elementos naturales –ríos, montañas y cuerpos de agua– que parecieran contener o moldear esa figura no han sido limitantes, sino que de manera orgánica siguió los ejes carreteros y generó un sistema atomizado de fragmentos en los alrededores.

En cuanto a la organización interna, se han hecho más complejas y diversas debido a que ya no tienen un solo centro sino varios diseminados en toda el área, en tanto que otro factor importante es que las metrópolis cada vez están más segregadas en aspectos socioeconómicos, permitiendo que haya lugares acotados para las clases alta, media y popular, puntualizó.

Ésta última es la que crece más, por lo que el porcentaje de población pobre ha aumentado y en algunos casos rebasa 60 por ciento, al tiempo que las políticas de planificación, contención y regulación del desarrollo urbano no han funcionado, pese a que “llevamos más de 40 años de organización institucional”.

El investigador de la UAM consideró indispensable seguir estudiando estos procesos, ya que “tenemos una percepción de lo que ocurre con nuestros esquemas normativos e institucionales, pero en realidad no se ha hecho una labor seria, sistemática y documentada de la situación”.

Este trabajo contribuye a ese objetivo y sirve como material de consulta para los expertos en la materia, aunque “también para los planificadores acerca de cómo administrar nuestras ciudades y estar en condiciones de anticipar sucesos que pueden ocurrir, con la idea de que tomen decisiones en función del contexto en el que debemos actuar”, concluyó.