Lucinda Urrusti abre su estudio y su corazón a la casa abierta el tiempo

12 de Junio de 2017

Lucinda Urrusti abre su estudio y su corazón a la casa abierta el tiempo


* “Desde niña pintaba a mis padres o a quien se quedaba quieto”, compartió la artista

* La Casa de la Primera Imprenta de América inaugurará una muestra de la artista el 15 de junio

En el retrato “hay forma, volumen, color y la expresión humana de cada persona”, por eso “desde niña pintaba a mis padres o a quien se quedaba quieto por un rato”, declaró la pintora nacionalizada mexicana Lucinda Urrusti, quien abrió las puertas de su amplio y luminoso estudio en Xochimilco al Semanario de la UAM, permitiéndole generosamente asomarse también a su corazón.

Catalogada como impresionista y abstracta, la obra de la autora oriunda de la ciudad autónoma española de Melilla destaca también por los retratos –calificados de extraordinarios por la crítica– al óleo de Octavio Paz, Carlos Fuentes, Ramón Xirau, Juan Rulfo, Jaime García Terrés y Alfonso García Robles, entre otros personajes, además de sus padres y hermano, con quienes llegó a México a la edad de diez años hacia finales de la década de 1930.

El talento creativo de la artista –quien expondrá a partir del 15 de junio en el Centro de Difusión Cultural Casa de la Primera Imprenta de América de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM)– se distingue por suaves pinceladas y trazos apenas evocados o desvanecidos, pues evita la línea firme y fuerte “porque no me gusta”.

Integrante de la llamada Generación de La Ruptura, Urrusti compartió con este medio universitario que su arribo al país “en aquellos años fue lo más maravilloso para mí y mi familia”, porque sólo había dos opciones: ir a Rusia o venir aquí, y no fue difícil tomar esa decisión, considerando el clima y la lengua de este territorio.

“Yo veía a mis padres preocupados por la situación que vivíamos, pero a mi edad todo era aventura”, como aquel viaje marítimo de largos días y oscuras noches a bordo del famoso Sinaia que, junto con ella y su familia, trajo a cientos de españoles que fueron acogidos por un México gobernado entonces por el presidente Lázaro Cárdenas del Río.

Los exiliados que huían de la Guerra Civil Española no venían directamente de esa nación sino de Francia, donde estuvieron por un tiempo en un campo de concentración, un sitio del que “todavía recuerdo el frío y donde los franceses nos trataban más o menos a patadas”, aunque hubo momentos en que floreció la nobleza de mucha gente, rememoró.

En ese refugio estaban a la espera de noticias de su padre, “pues no sabíamos si había fallecido en la guerra”, aunque al final, luego buscarlo mucho lograron ubicarlo hasta que se trasladó a México, adonde “llegamos en medio de un gran recibimiento de miles de personas en el puerto de Veracruz y entre las cosas que más recuerdo están las charolas con piñas, mangos, mameyes y otras frutas que yo no conocía: el aguacate, que mi padre consideraba similar a una mantequilla verde”.

Eso fue muy bonito, emocionante y una experiencia que no se olvida jamás, por haber sido “el preludio de nuestra vida” en la capital, donde la familia vivió precariamente –en la colonia San Rafael– debido a que “mi padre, militar de carrera y maestro armero”, laboró como obrero con un sueldo muy bajo.

Sin embargo –relató con admiración– “mi madre era buena modista y cosía para tiendas como el Palacio de Hierro, por lo que la veía desvelarse haciendo abrigos, sacando entretelas, hombreras… y lo cierto es que con ese empleo ella sacó adelante a la familia.

“A los 12 años trabajé con ella en una fábrica de ositos de peluche, aun cuando no estaba permitido a menores de 15 años y tenía miedo de que me descubrieran”, recordó divertida, añadiendo que desde la niñez “empecé a dibujar sin mucho interés, pero la gente adulta decía que lo hacía bien y comenzó a pedirme retratos por un pago no menor a cien pesos, útiles para comprar los dos tomos de anatomía que requería mi hermano para sus incipientes estudios de medicina”.

En aquel tiempo el gobierno de la República en el exilio había sacado algo de dinero de España y con él se abrieron escuelas para los emigrantes, entre ellas el Colegio Luis Vives y la Academia Hispanoamericana para dar instrucción a los menores y quehacer a los maestros que vinieron, “muchos de ellos gente muy preparada”.

Cuando tuvo la edad para ingresar a la preparatoria “me enteré de la existencia de la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda, dirigida por El corcito –sobrenombre del pintor mexicano Antonio M. Ruiz, que era además una figura magnífica– y donde tuve a grandes profesores, por ejemplo, Jesús Guerrero Galván, en dibujo, y Federico Cantú, en fresco”.

El México de aquella época era muy pequeño y eso le permitió conocer a Lilia Carrillo y a alumnos de filosofía de Leopoldo Zea Aguilar –Ricardo Guerra, Luis Villoro y Emilio Uranga– así como a Emilio Fernández y Juan Rulfo, entre muchos otros personajes.

Sobre su obra comentó que fue Teresa del Conde quien bautizó a la Generación de la Ruptura, pero la ruptura “no fue nuestra, sino frente a la postura de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, ya que como jóvenes empezábamos a abrir los ojos para ver lo que se hacía más allá del país: en las instituciones europeas o en la Escuela de Nueva York”.

De su estilo “casi impresionista”, de acuerdo con Juan García Ponce, que recuerda a Paul Cézanne, según Carlos Fuentes, Urrusti es clara: “una pinta con su sensibilidad y a mí el dibujo recortado, la línea fuerte me parecen rígidos” y si bien “trato de que lo creado tenga un volumen, forma y estructura también evito la dureza de la línea y envolver tal configuración”.

A los 18 años optó por la nacionalidad mexicana y luego de realizar estudios de secundaria y preparatoria en el Instituto Luis Vives asistió a los talleres de dibujo de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, en un periodo en el que enseñaban maestros que poseen obras integradas al acervo nacional: Jesús Guerrero Galván y Agustín Lazo, y tuvo la oportunidad de conocer a Orozco y Rivera.

La autora ha participado en más de un centenar de exposiciones en México y el extranjero. Sobre su producción artística escribieron Fuentes, Alí Chumacero, Juan García Ponce, Alaíde Foppa y Gabriela Rábago Palafox, al igual que algunos críticos: el portugués Antonio Rodríguez y la española Margarita Nelken.

Es miembro del Salón de la Plástica Mexicana y del Sistema Nacional de Creadores de Arte; en 2009 y 2012 fueron publicados los librosLucinda Urrusti. Pintura de luz y Lucinda Urrusti: pintura, escultura y dibujo, respectivamente. Este último muestra el trabajo efectuado entre 1959 y 2011, con textos de Fuentes, Salvador Elizondo y Juan García Ponce.